jueves, 17 de abril de 2008

El águila que no quería volar



"Había una vez un campesino que fue al bosque vecino a atrapar un pájaro para tenerlo cautivo en su casa. Consiguió cazar un pichón de águila. Lo colocó en el gallinero, junto con las gallinas. Comía mijo y la ración propia de las gallinas. Aunque el águila fuera el rey o la reina de todos los pájaros. Después de cinco años, este hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Mientras paseaban por el jardín, dijo el naturalista:
-Este pájaro que está allí no es una gallina. Es un águila.
-De hecho -dijo el campesino- es águila. Pero yo lo crié como gallina. Ya no es un águila.
Se transformó en gallina como las otras, a pesar de las alas de casi tres metros de extensión.
No. Replicó el naturalista. Ella es y será siempre un águila. Pues tiene un corazón de águila.
Este corazón la hará un día volar a las alturas.
No, no. Insistió el campesino. Ella se convirtió en gallina y jamás volará como águila.
Entonces, decidieron hacer una prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó bien en alto y, desafiándola, le dijo:
-Ya que usted es de hecho un águila, ya que usted pertenece al cielo y no a la tierra, entonces,¡abra sus alas y vuele!
El águila se posó sobre el brazo extendido del naturalista. Miraba distraídamente alrededor.
Vio a las gallinas allá abajo, picoteando granos. Y saltó junto a ellas. El campesino comentó:
-Yo le dije, ¡ella se convirtió en una simple gallina!
-No –insistió el naturalista. Ella es un águila. Y un águila será siempre un águila.
Vamos a experimentar nuevamente mañana.
Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al techo de la casa.
Le susurró: Águila, ya que usted es un águila, ¡abra sus alas y vuele!
Pero, cuando el águila vio allá abajo a las gallinas, picoteando el suelo, saltó y fue junto a ellas.
El campesino sonrió y volvió a la carga:
-Yo le había dicho, ¡ella se convirtió en gallina!
-No –respondió firmemente el naturalista. Ella es águila, poseerá siempre un corazón de águila.
Vamos a experimentar todavía una última vez. Mañana la haré volar.
Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron bien temprano. Tomaron el águila y la llevaron afuera de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, en lo alto de una montaña. El sol naciente doraba los picos de las montañas. El naturalista levantó el águila al cielo y le ordenó:
-Águila, ya que usted es un águila, ya que usted pertenece al cielo y no a la tierra, ¡abra sus alas y vuele! El águila miró alrededor. Temblaba como si experimentase una nueva vida. Pero no voló. Entonces, el naturalista la tomó firmemente, bien en dirección del sol, para que sus ojos pudiesen llenarse de la claridad solar y de la vastedad del horizonte.
En ese momento, ella abrió sus potentes alas, graznó con el típico kau, kau de las águilas y se levantó, soberana, sobre sí misma. Y comenzó a volar, a volar hacia lo alto,
a volar cada vez más alto. Voló... voló.. hasta confundirse con el azul del firmamento..."
Hermanos y hermanas. Nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Pero hubo personas que nos hicieron pensar como gallinas. Y muchos de nosotros todavía creen que somos efectivamente gallinas. Pero nosotros somos águilas. Por eso, hermanos y hermanas, abramos las alas y volemos. Volemos como águilas. Jamás nos contentemos con los granos que nos arrojen a los pies para picotear.
-Águila, usted, que es amiga de las montañas e hija del sol, yo le suplico: ¡Despierte de su sueño! Revele su fuerza interior!
"No te permitas dormir soñando que estás despierto" Recuerda siempre tu origen divino, desarrolla el "Recuerdo de sí". Todos los problemas de la vida son para que recuerdes quién eres y templen tu espíritu, y no para que te lamentes. Tú eres un ÁGUILA, despierta de tu sueño y vuela libre con el viento...

Por James Aggrey

lunes, 14 de abril de 2008

EL MISTERIO DEL ELEFANTE

Cuando era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales, y dentro de ellos, mi preferido era el elefante. Durante la función, la enorme bestia impresionaba a todos por su peso, tamaño y, sobre todo, por su descomunal fuerza.
Pero, después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, uno podía encontrar al elefante detrás de la carpa principal, atado, mediante una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
La estaca era solo un minúsculo pedazo de madera, apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Por qué el elefante no huye, arrancando la pequeña estaca, con el mismo esfuerzo que yo necesitaría para romper un palito de fósforos? ¿Qué fuerza misteriosa lo mantiene atado, impidiéndole huir?
Tenía unos siete u ocho años, y todavía confiaba en la sabiduría de las personas grandes. Pregunté entonces a mis padres, maestros y tíos, buscando respuestas a ese misterio. No obtuve una respuesta coherente (la edad no es un impedimento para percibir la coherencia, o la falta de ella, en lo que la gente nos dice).
Alguien me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia:
-Si es cierto que esta amaestrado, entonces... ¿Por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta que me satisficiese. Con el tiempo, me olvidé del misterio del elefante y la estaca y sólo lo recordaba cuando me encontraba con gente que me daba respuestas incoherentes, por salir del paso, y, un par de veces, con otras personas que también se habían hecho la misma pregunta.
Hasta que hace unos días, encontré una persona, lo suficientemente sabia, que me dio una respuesta que al fin me satisfizo:
-El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca toda su vida desde que era muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño elefantito, con solo unos días de nacido, sujeto a la estaca. Estoy seguro que en aquel momento el animalito empujó, jaló, sacudió y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo librarse.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Podría jurar que el primer día se durmió agotado por el esfuerzo infructuoso, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que seguía... Hasta que un día, un terrible día, el animal aceptó su impotencia, y se resignó a su destino.
El elefante dejó de luchar para liberarse. Este elefante enorme y poderoso no escapa porque CREE QUE NO PUEDE HACERLO. Tiene grabado en su mente el recuerdo de sus, entonces, inútiles esfuerzos, y ahora ha dejado de luchar, no es libre, porque ha dejado de intentar serlo. Nunca más intentó poner a prueba su fuerza.

Por JORGE BUCAY